CREACIÓN DE ESTACIÓN TELEFÓNICA. 1909

 

Grabado de La Ilustración Española y Americana de Emilio Ortuño.






Emilio Ortuño Berte nació en Orán en 1862. Realizó estudios secundarios en París y luego, en Madrid, estudió la carrera de ingeniero de caminos. En esa misma escuela fue profesor, primero de la asignatura de máquinas y, más tarde, en la Cátedra de Electrotecnia, creada por iniciativa suya.

Se afilió al Partido Conservador, y fue elegido por el distrito de Arévalo en 1899. En el gobierno de Antonio Maura de 1907 ocupó el cargo de subsecretario de la Presidencia. Al  año siguiente fue nombrado director general de Correos y Telégrafos, puesto en el que llevó adelante una importante tarea creadora y reformadora: organizó el giro postal; elevó el nivel de la Escuela de Telégrafos; agilizó el sistema de Correos; dotó de teléfono a las casillas de peones camineros; rebajó las tarifas telefónicas y telegráficas; fundó la Caja Postal de Ahorros… Construyó un número importante de casas-correo, así como el Palacio de Comunicaciones de Madrid.

En 1920 pasó a ser ministro de Fomento en el gabinete de Allende Salazar, y continuó desempeñando la misma cartera en el gabinete de Dato.

Murió asesinado en Madrid, fruto de la represión en la zona republicana, en 1936.

 


Al poco de llevar más de un año en el puesto de director general de Correos y Telégrafos Ortuño tomó la decisión de dotar de telégrafo a aquellos pueblos que tuvieran más de 4.000 habitantes, así como de servicio telefónico a aquellos que pasaran de los 2.000 y no llegaran a los 4.000. España contaba entonces con más de 8.000 ayuntamientos. Tras este esfuerzo reformador había 382 estaciones telegráficas en todo el país, así como 846 estaciones telefónicas.

Una de esas 846 era la de Mollina. En este recorte de El Defensor de Granada de 2 de abril de 1909, página uno, podemos ver los pueblos de la provincia de Málaga que, junto a Mollina se vieron favorecidos con la llegada del teléfono en ese año.


Recorte de El Defensor de Granada del 2 de abril de 1909.


 

Como dato curioso: un telegrama costaba según las palabras. Mínimo de diez palabras a diez céntimos cada una. Cada palabra más, a cinco céntimos.

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