PRESENCIA DE LOS “CALIBALDINOS” EN LA OBRA DE BENITO PÉREZ GALDÓS.

 

 Portada de la primera edición de La vuelta al mundo en "La Numancia". 1906.





Son varias las ocasiones en que los conocidos en Mollina como calibaldinos han aparecido en este blog [1]. Esa denominación de calibaldinos referida a los garibaldinos o miembros de la Sociedad Secreta establecida en Mollina sobre 1860 aún era usada en el pueblo en los años cincuenta y sesenta del siglo XX. Cuando alguien quería hacer referencia a la antigüedad de algo decía del tiempo de los calibaldinos.

Estos garilbaldinos eran mayoría en la Mollina de la mitad del siglo XIX [2].

El calificativo estaba relacionado con Giuseppe Garibaldi,  Niza, 4 de julio de 1807-Caprera, 2 de junio de 1882, militar, revolucionario, patriota y político italiano del Risorgimento.  Considerado junto con el rey de Cerdeña, Víctor Manuel II, el intelectual Giuseppe Mazzini y el estadista Camilo Benso, conde de Cavour, uno de los padres de la patria de Italia y principal unificador territorial de esa nación sus partidarios italianos se hacían llamar garibaldini.  Ese calificativo llegó a España como garibaldinos y en Mollina se deformó en calibaldinos que es como los más mayores del pueblo aún lo recordamos.

El hecho de que Garibaldi, en su afán de unificar Italia tuviera que atacar los Estados Pontificios y a la ciudad de Roma para que formaran parte de la nueva nación se granjeó la enemistad de las fuerzas más clericales pero también la admiración de las fuerzas más anticlericales, no siendo extraño que los garibaldinos españoles gritaran aquello de ¡Muera el Papa!

 

Pasemos ahora a ver lo de Benito Pérez Galdós y sus Episodios Nacionales.

Benito Pérez Galdós, Las Palmas, 10 de mayo de 1843-Madrid, 4 de enero de 1920, fue un novelista, dramaturgo, cronista y político español, uno de los mejores representantes de la novela realista del siglo XIX.  Autor prolífico publicó 31 novelas principales, 46 novelas históricas, 23 obras de teatro y el equivalente a veinte volúmenes de ficción breve, periodismo y otros escritos. Llegó a ser propuesto para el Premio Nobel de Literatura en 1912, pero los sectores más conservadores de la sociedad española  –el catolicismo tradicionalista no reconocía su valor intelectual y literario- boicotearon con éxito esta propuesta. Políticamente sus comienzos fueron liberales para abrazar después un republicanismo moderado y, posteriormente, de la mano de Pablo Iglesias, el socialismo. Fue elegido diputado por Las Palmas en 1914 por la Conjunción Republicano Socialista.[3]

La obra más conocida –y más extensa- de Pérez Galdós es la serie de los Episodios Nacionales, magna crónica del siglo XIX que recoge la memoria histórica de los españoles a través de su vida íntima y cotidiana. Son cuarentaiséis episodios en cinco series de diez novelas cada una –excepto la última serie que quedó inconclusa-.

La primera serie (escrita entre 1873-1875) trata de la guerra de la Independencia. La segunda serie (1875-1879) recoge las luchas entre absolutistas y liberales hasta la muerte de Fernando VII en 1833. La tercera serie (1898-1900) se ocupa de la primera guerra carlista y acaba con la boda de Isabel II.  La cuarta serie (1902-1907) se desarrolla entre la Revolución de 1848 y la caída de Isabel II en 1868. La quinta serie, incompleta, escrita entre 1907 y 1912 acaba con la restauración de Alfonso XII.

Para escribir y describir después lo visto, el escritor se dedicó a recorrer España en coches de ferrocarril de tercera clase hospedándose en posadas y hostales de mala muerte.

 

Pues bien, dentro de las novelas de su cuarta serie, el episodio número 38, se titula La vuelta al mundo en la “Numancia”. Fue escrita en Madrid entre enero y marzo de 1906.

En esa novela [4] el personaje Diego Ansúrez,  marino dedicado al comercio por el Mediterráneo, luego del volver de América conoce a una monja huida de un convento y se va a vivir con ella a Loja, de donde era originaria.

Con este motivo nos describe la sociedad lojeña en general  de ese tiempo:

“El vecindario de Loja habíase dividido en dos bandos, que se aborrecían, se acosaban y se fusilaban sin piedad: liberal era el uno, moderado llamaban al otro. No salía el buen Ansúrez de la perplejidad en que el sentido y la aplicación de esta palaba le puso, pues siempre creyó que la moderación era una virtud, y en Loja resultaba la mayor de las abominaciones y el mote infamante de la tiranía. Sin darse cuenta de ello ni poner de su parte ninguna iniciativa, desde los primeros días se sintió afiliado al ando liberal, por ser de esta cuerda todos los Castriles y Armijanas, y los amigos de éstos. “[5]

 

Más adelante nos dice sobre el general Narváez y su gente:

“…el poderío militar de Narváez y su inmensa pujanza política. Hermanos eran el famoso Espadón y el caballero que imperar quería sobre las vidas, haciendas, almas y cuerpos de los habitantes de Loja. Sin duda, aquel noble señor y su familia obedecían a un impulso atávico, inconsciente, y creían cumplir una misión social reduciendo a los inferiores a servil obediencia; procedían según la conducta y hábitos de sus tatarabuelos, en tiempos en que no había Constituciones encuadernadas en pasta para decorar las bibliotecas de los centros políticos; no eran peores ni mejores que otros mandones que con nobleza o sin ella, con buenas o malas formas, caciqueaban en todas las provincias, partidos y ciudades de este vetusto reino emperifollado a la moderna. Los perifollos eran códigos, leyes, reglamentos, programas y discursos que no alteraban la condición arbitraria, inquisitorial y frailuna del hispano temperamento.”[6]

 

La situación que Pérez Galdós retrata para Loja no diferiría en mucho con la de Mollina. A continuación de este fragmento que hemos reproducido más arriba el escritor nos describe cómo funcionaba la Sociedad Democrática establecida en Loja y expandida por muchos de los pueblos de alrededor. Debemos tener en cuenta que las normas que aparecen en la novela deberían ser seguidas en Mollina por los más de trescientos simpatizantes que en nuestro pueblo tenía el albéitar de Loja Rafael Pérez del Álamo.

Nos sigue diciendo Benito Pérez Galdós en su “La vuelta al mundo en la “Numancia””:

“Contra la soberanía bastarda que la nobleza y parte del estado llano establecieron en Loja, la otra parte del  estado llano y la plebe armaron un tremendo organismo defensivo. Por primera vez en su vida oyó entonces Ansúrez la palabra Democracia, que interpretó en el sentido estrecho de protesta de los oprimidos contra los poderosos. Democrática se llamó la Sociedad secreta que instituyeron los liberales para poder vivir dentro del mecanismo caciquil; y en su fundamento apareció con fines puramente benéficos, socorro de enfermos, heridos y valetudinarios. Debajo de la inscripción de los vecinos para remediar las miserias visibles, se escondía otro alistamiento, cuyo fin era comprar armas y no precisamente para jugar con ellas. Dividíase la Sociedad en Secciones de veinticinco hombres que entre sí nombraban su jefe, secretario y tesorero. Los Jefes de Sección recibían las órdenes del Presidente de la Junta Suprema, compuesta de diez y seis miembros. Esta Junta era soberana, y sus resoluciones se acataban y obedecían por toda la comunidad sin discusión ni examen. Engranadas unas con otras las Secciones, desde la ciudad se extendieron a las aldeas y a los remotos campos y cortijos, formando espesa red y un rosario secreto de combatientes engarzados en la autoridad omnímoda de la Junta Suprema            

A todos los afiliados se imponía la obligación de poseer un arma de fuego. A los menesterosos que no pudiesen adquirir escopeta o trabuco, se les proporcionaba el arma por donación a escote entre los veinticinco. Cada Sección estaba, de añadidura, obligada a suscribirse a un diario democrático, que era regularmente La Discusión o El Pueblo. Cuando alguna Sección trabajaba en faenas campesinas a larga distancia de la ciudad, envían a uno de los de la cuadrilla a recoger el periódico (o folleto de actualidad, cuando lo había); y en la ausencia del mensajero, los trabajadores que quedaban en el tajo hacían la parte de labor de aquél. Un tal Francisco Navero, apodado Tintín, repartía los papeles democráticos a los enviados de cada Sección. En éstas había un individuo encargado de leer diariamente el periódico a sus compañeros en las horas de descanso.

La Junta Suprema limitaba a los asociados el uso del vieno, y prohibía en absoluto el aguardiente. Gran sorpresa causó a don Diego saber que por esta moderación de los liberales se arruinaron muchos taberneros, y llegaron a ser escasísimos los puestos de bebidas. El número de afiliados creció prodigiosamente desde en comenzaron, en la ciudad y luego en cortijos y villorios, los solapados trabajos de propaganda. La iniciación se hacía en lugar secreto que Ansúrez no pudo ver: allí se les leía la cartilla de sus obligaciones, y se les tomaba juramento delante de un Cristo que para el caso sacaban de un armario.”[7]

 

Seguimos leyendo en la novela:

                “La Sociedad, en cuanto se creyó fuerte, no quiso limitarse a la defensa ideológica de los derechos políticos. Los principales fines de la oligarquía dominante eran ganar las elecciones, repartir a su gusto los impuestos cargando la mano en los enemigos, aplicar la justicia conforme al interés de los encumbrados, subastar la Renta (que así llamaban entonces a los Consumos) en la forma más conveniente a los ricos, y establecer el reglamento del embudo para que fuese castigado el matute pobre, y aliviado de toda pena el de los pudientes. Con tales maniobras, no sólo era reducido el pueblo a la triste condición de monigote político, sin ninguna influencia en las cosas del procomún, sino que se le perseguía y atacaba en el terreno de la vida material, en el santo comer y alimentarse, dicho sea con toda crudeza.

                Frente a esta, la poderosa Sociedad buscaba inspiración en la Justicia ideal y en el sacro derecho al pan, y decretó la norma de jornales del campo, estableciendo la proporción entre éstos y el precio del trigo. Véase la muestra. ¿Trigo a cuarenta reales la fanega? Jornal: cinco reales. A precio de cincuenta correspondía jornal de seis reales, y de ahí para arriba un real de aumento por cada subida de diez que obtuviera la cotización del trigo. Accedieron algunos propietarios; otros no. Los jornaleros segadores se negaron a trabajar fuera de las condiciones establecidas, y en las esquinas de Loja aparecieron carteles impresos que decían poco más o menos: “Todos a una fijamos el precio del jornal. Si no están conformes, quien lo sembró que lo siegue.”

                Clamaron no pocos propietarios, y al cacicato acudieron pidiendo que fuese amparado el derecho a la ganancia. La cárcel se llenó de trabajadores presos, y al llegó a ser su número, que no cabiendo en las prisiones, se habilitaron para tales el Pósito y el convento de la Victoria. Pero no se arredró por esto la Sociedad, que en su tenebrosa red de voluntades tenía códigos a todos los gremios. El buen éxito de la escala de jornales para el trabajo rural movió a la Junta a continuar el plan defensivo, justiciero a su modo. Peritos agrícolas afiliados a la Comunidad revisaron los arrendamientos, y en los que aparecieron muy subidos, se despedía el colono. El propietario quedaba en las más comprometida situación, pues no encontraba nuevo colono que llevara su tierra, ni jornaleros que quisieran labrarla. Igual campaña que ésta del campo hicieron los peritos urbanos o maestros de obras en el casco de la ciudad. Casa que tuviera demasiado alto el alquiler, según el dictamen pericial, quedaba desalojada, y ya no había inquilinos que quisieran habitarla, como no fueran los ratones. Llegó, por último, a tal extremo la unión, confabulación o tacto de codos, que ningún asociado compraba cosa alguna en tienda de quien no perteneciese a la secreta Orden de reivindicación y libertad.

Sorprendido y confuso el buen Ansúrez, oyó hablar de Socialismo y Comunismo, voces para él de un sentido enigmático que a brujería o arte diabólica le sonaban. Poseía el vocabulario del mar en toda su variedad y riqueza; pero su léxico de tierra adentro era muy pobre, y singularmente en política no encontraba la fácil expresión de sus pensamientos. Sabía que teníamos Constitución, Reina, Cortes, partidos Progresista y Moderado; pero ni de aquí pasaba su erudición, ni entendía bien lo que estas palabras significaban… En tanto, ocurrían en Loja y su término sangrientos choques: una noche apaleaban a unasociado, y a la noche siguiente aparecía muerto en la calle un testaferro de los Narváez o un machacante del Corregidor. Las agresiones, las pedreas y navajazos menudeaban; la Guardia civil acudía, siempre presurosa, de la ciudad al campo, o del campo a la ciudad; las voces de ira y enganza sonaban más a menudo que lasexpresiones de galantería dulce y quejumbrosa que caracterizan al pueblo andaluz en aquel risueño y templado territorio. La Naturaleza callaba cuando los corazones ardían en recelos, y las obas agotaban el repertorio de las maldiciones.[8]


 Retrato y autógrafo de Rafael Pérez del Álamo.



Ya en el capítulo tres nos relata Galdós el encuentro entre el protagonista y Rafael Pérez del Álamo:

“A Loja iba algunas tardes con su cuñado Matías y dos compadres de éste. La última vez que estuvo en la ciudad, pasó largo rato en el café, respirando espesa atmósfera de humo y rencores, y oyendo el mugido de las disputas, para él más pavoroso que el de las tempestades. Allí conoció a Rafael Pérez del Álamo, inventor y artífice principal de aquel tinglado de la organización democrática y socialista. Embobado le oía referir sus audacias, y tanto admiraba su agudeza como su indomable tesón. Aunque parezca extraño, Ansúrez sentía en sí mismo cierta semejanza con Rafael Pérez. Ambos luchaban con poderes superiores: el uno con los elementos naturales, el otro con los desafueros del  orgullo humano. Y siendo en su interna estructura tan semejantes, diferían sensiblemente en la proyección de sus voluntades, llegando a ser ininteligibles el uno para el otro. Si Ansúrez no comprendía el heroico trajín de las revoluciones políticas, Rafael Pérez desconocía en absoluto los heroísmos de la mar. Falta decir que el organizador del pueblo contra las demasías del poder constituido era un pobre albéitar, que se ganaba la vida herrando caballos y mulas.”[9]

 

El marino protagonista de la novela no entendía el porqué de las peleas y contradicciones entre las gentes:

“Diego Ansúrez, cuya mollera continuaba cerrada para las cosas de tierra adentro, no cesaba de meditar en ellas, buscando una clave de las absurdas contradicciones que veía. ¿Por qué se peleaban los hombres en aquel delicioso terreno, en aquellos risueños valles fecundísimos que a todos brandaban sustento y vida, con tanta abundancia que para los presentes sobraba, y aún se podía prevenir y almacenar riqueza para los de otras regiones? La sierra fragosa enviaba a las vegas lozanas el torrente de sus aguas cristalinas. Daba gloria ver la riqueza que descendía por aquellas encañadas, la cual asimismo prodigaba tesoros de sal, mármoles y ricos minerales. Las lomas de secano se cubrían de olivos, almendros y vides lozanas; en las vegas verdeaban los opulentos plantíos de trigo, cáñamo, y de cuanto Dios ha criado para la industria, así como para el sustento de hombres y animales… Si los que en aquella tierra nacieron podían decir que habitaban en un nuevo Paraíso terrenal, ¿para qué se peleaban por el mangoneo de Juan o Pedro, o por el reparto de los bienes de la Naturaleza, que en tal abundancia concedían el suelo y el clima? ¿Quién demonios había traído aquel rifirrafe de la política, de las elecciones, y aquel furor porque salieran diputados o concejales éstos o los otros ciudadanos? Ansúrez no lo entendía, y razonando en términos más rudos de los que en esta relación histórica se indican, acababa por declarar que o los españoles son locos sueltos en el manicomio de su propia casa, o todos a nativitate.[10]

 

A continuación Galdós introduce en la novela los sucesos conocidos como Revolución de Loja, que tuvo lugar a partir del 28 de junio de 1861, El levantamiento tuvo que ser adelantado ya que cuatro días antes se había producido en Mollina una asonada en la que fueron protagonistas los afiliados mollinatos a la Sociedad secreta.[11]

Para tener una idea de qué se quería en esa revolución ponemos parte del texto de Rafael Pérez del Álamo firmado en Iznájar al comienzo de esos hechos: “Todo el que sienta el sagrado amor a la libertad de su patria, empuñe un arma y únase a sus compañeros: el que no lo hiciere será un cobarde o un mal español. Tened presente que nuestra misión es defender los derechos del hombre, tales como los preconiza la prensa democrática respetando la propiedad, el hogar doméstico y todas las opiniones”.

 

La última referencia que Pérez Galdós hace en la novela La vuelta al mundo en la “Numancia”,  episodio 38 de sus Episodios Nacionales, a los garibaldinos nos la encontramos en el capítulo 5, cuando ya da por finalizado el desastroso acabamiento de la revolución de Loja:

“De Rafael Pérez nada se supo. Luego se dijo que había ido a parar a Portugal. Hombre extraordinario fue realmente, dotado de facultades preciosas para organizar a la plebe, y llevarla por derecho a ocupar un puesto en la ciudadanía gobernante. Tosco y sin lo que llamamos ilustración, demostró natural agudeza y un sutil conocimiento del arte de las revoluciones; arte negativo si se quiere, pero que en realidad no va nunca solo, pues tiene por la otra cara las cualidades del hombre de gobierno. Representó una idea que en su tiempo se tuvo por delirio. Otros tiempos traerían la razón de aquella sinrazón.”[12]

Lo cierto es que sí se sabe que Rafael Pérez del Álamo murió en Arcos de la Frontera en 1911, después de que Benito Pérez Galdós, de quien era amigo, hubiera publicado su novela de la que hemos hecho referencia en esta publicación.[13]

 

 

Acabamos con palabras de Galdós que nos indican la simpatía del autor para con las ideas de la Sociedad secreta:

OTROS TIEMPOS TRAERÍAN LA RAZÓN DE AQUELLA SINRAZÓN.


Monumento en Loja a Rafael Pérez del Álamo.


 

NOTAS:

[1] Son los siguientes: https://lopez29532mollina.blogspot.com/2018/08/malaga-en-la-revolucion-de-loja-de-1861.html que recoge el primer estudio publicado sobre estos sucesos por Antonio Nadal, https://lopez29532mollina.blogspot.com/2020/01/i-pregon-de-la-vendimia-antonio-nadal.html en el que este mismo autor hacía referencia en su pregón de la Vendimia, Los capítulos IV y V del Historio de acá que se puede ver en https://lopez29532mollina.blogspot.com/2018/02/historio-de-aca-1986-1987.html . También relacionado con estos hechos se puede consultar https://lopez29532mollina.blogspot.com/2018/01/nadal-sanchez-antonio.html

[2] De unos quinientos padres de familia que había en esa época en Mollina, más de trescientos estaban afiliados a la Sociedad.

[3] La Wikipedia es muy útil para estas introducciones.

[4] La edición que hemos consultado es la editada por Círculo de Lectores, Barcelona, 1988.

[5] Capítulo 2, página 17. Siempre referidos a la edición consultada por nosotros. 

[6] Capítulo 2. Página 18.

[7] Capítulo 2. Páginas 18, 19 y 20.

[8] Capítulo 2. Páginas 20, 21 y 22,

[9] Capítulo 3. Páginas 25 y 26.

[10] Capítulo 3, páginas 30 y 31.

[11] Si se quiere ampliar la relación de estos sucesos, se puede consultar https://es.wikipedia.org/wiki/Sublevaci%C3%B3n_de_Loja

[12] Capítulo 5. Página 46.

[13] Si se quiere ver la biografía de Rafael Pérez del Álamo se puede consultar en https://es.wikipedia.org/wiki/Rafael_P%C3%A9rez_del_%C3%81lamo













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